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No se quema la ilusión del trashumante

Por Rafael Urretabizkaya (*)



El Valle Magdalena es un lugar con pasturas abundantes. Don Marcos me contó hace años que hay sitios donde los pastos llegan a la panza del caballo. También me hablaron Él y Margarita de una laguna que hay allá arriba, de un caballo que ingresa en las noches señalando el sitio de un tesoro. Yo seguro no estoy pero siempre elijo creer estas historias. Soy creyente de lo que viaja de boca en boca, de fogón en fogón, templado en esas noches y días al amparo del silencio.


Tanto así lo de las pasturas abundantes y ricas en Las Magdalenas, que ahí se encuentran los campos de veranada de los pobladores de Pilo Lil subiendo por el costado del arroyo Nahuel Mapi. Y las veranadas de las comunidades Painefilú, Aucapán, Chiquilihuin, en Huaca Mamuil, unos kilómetros adelante en dirección hacia el volcán.


De eso se trata la trashumancia. De ir detrás de los mejores humus. Detrás de los mejores pastos. Partir en octubre y volver en abril. Tensando conocimiento e intuición para quedarse allá arriba el mayor tiempo posible antes de traer los animales a la invernada.


Eso es en parte lo que se está quemando. Lo mejor. El lugar elegido.



De la palabra humus vienen la palabra “humilde”, la palabra “hombre”, la palabra “humano”. Y deriva también la palabra “trashumancia”.


Trashumancia nombra el acontecimiento que sucede cuando las familias de crianceros salen con sus animales detrás de los mejores pastos.


Cuando tienen la intrépida idea de moverse, en lugar de esperar la próxima primavera. Cuando intentan, trasladándose, tener dos primaveras, o tener una eterna primavera.

Humus, nombra esa capa fértil de la tierra. Delicada como un pétalo. Delicada como la piel del bebé. Delicada como el recuerdo del color de la voz del ser querido que partió.

Eso en parte se está quemando pero no las historias, pero no el deseo y la necesidad de volver, pero no la memoria de los animales que saben de rumbear solos tanto para la veranada como la invernada. Pero no se quema la ilusión de la familia trashumante, que permanece despierta un poco más después del último azote del cansancio, pensando en el día de mañana. Y en el año que viene. Y en el otro. En el arroyo, el piñón, el primer recuerdo de haber llegado a alguna parte. En volver a cargar el pilchero. En seguir.



(*) Docente, escritor, actor circense

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