Mi Cinema Paradiso
- layaparadiotv
- 23 mar
- 3 Min. de lectura

Primeros años. Cine. Cine de barrio. Ya sabemos que la memoria es como un caleidoscopio cortado en mil pedazos, se arma y se desarma todo el tiempo. Mi memoria me trae ese cine.
En el vestíbulo había dos paneles de madera con sendas vitrinas de vidrio que albergaban atractivos afiches de programación. Arriba, en una especie de frontispicio interno había otros anuncios cinematográficos (que mi padre armaba con letras y fotos pinchadas sobre placas de tela) Lo acompañábamos los sábados para hacer los cambios de cartelera, ese era el día de la aventura de estar de paseo por la sala sin público, todo el cine para nosotros, mis hermanos y yo. Sin los acomodadores, peligrosos hombres con linterna. Era subir y bajar escaleras (hasta el primer piso donde estaba la cabina de proyección desde donde nacían las películas que veíamos), jugar a las escondidas, desplazarnos por el tiro de la escalera, convertirnos en piratas por arte de nuestra propia magia, en bandidos o héroes y heroínas con sombrero. Estaban las puertas batientes para entrar a la sala y a continuación los cortinados suaves y gruesos, misteriosos telones color obispo, (lo supe después de conocer a algún obispo) que se abrían para descubrir el otro mundo, el paralelo, el mundo cuántico de las posibilidades, no lo sabíamos, claro. En ese momento simplemente era la luz del proyector sobre la pantalla que se transformaba en imágenes y sonidos. Era suficiente. La pantalla abría los brazos para tragarme, no hace falta decir que yo me dejaba tragar voluntariamente y que prefería eso a cualquier otra cosa. Con “obsesión de psicópata” como dice Leila Guerreiro.
Esa curiosidad que cada historia me producía y que yo entendía a mi manera, fue la que me enseñó a desentrañar (literalmente: arrancar las entrañas) de esas novelas de lo ficticio, universos que desconocía pero a los que tenía permitido entrar solamente pagando una entrada. No fue ver y olvidar, fue ver y guardar, un vocabulario, una coreografía, una puesta, una manera de mirar, una manera de contar. Así fui creando ese borrador no publicado de mi cine, hoy intacto.
Tal vez lo invento pero que creo que la primera película que vi era una de “cowboys”, esa donde se arriaban miles de reses sobre la pradera, o tal vez había una pelea a tiros para matar o morir, o se trató de “una de indios” en la que aplaudíamos cuando llegaba el ejército con sus trompetas liberadoras, el perfecto oeste americano romantizado.
La gran mayoría de las películas venían de Hollywood, no lo sabíamos. El Drácula de Bela Lugosi con colmillos demasiado largos mordiendo los cuellos más deliciosos; o Boris Karloff detrás de un Frankestein demasiado bobo y demasiado víctima o una Momia que no pasaba de la estupidez. Igual intimidaban. Las historias bíblicas nos mostraron un correcto maniqueísmo religioso donde lo correcto era la clave: REY DE REYES, BEN HUR, LOS DIEZ MANDAMIENTOS.

El cine europeo más lejano, llegó de una Europa que salía de la guerra. Especialmente recuerdo cuando vi “ROMA, CITTÁ APERTA”. No podía comprender tanta maldad. Todo lo que sucedía era siniestro, gente que hacía daño a otra gente, porque sí, por pura maldad. Rosellini filmó la película antes de que se cumpliera el primer aniversario del final. En 1945. Con los años me encontré de nuevo con aquella imagen del curita sentado en la silla al que el alemán le pega el tiro de gracia.
El cine es una de mis casas, aunque ya no entre al salón ni pase por la recepción, ni vaya hasta la boletería, ni encuentre a los acomodadores armados de un haz de linterna, ni salga en el intervalo para ir a comprar caramelos, no importa. Es un lugar donde viajo y aprendo de manera infinita, sin esfuerzos.
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