Mediodia urbano
- Maria A. Martinez
- 8 mar
- 2 Min. de lectura
Mediodía implacable de la ciudad. El sol calienta y se estrella. Las cosas, los autos, la gente, brillan sin saberlo, residuos del día en la mitad.
Una joven duerme sobre un colchón en una entrada abandonada de la vereda. La luz se dilata sobre la sábana que la arropa y el espacio que ocupa, mezcla de dormitorio, cocina y “qué me importa, no le debo-nada a nadie y no tengo para pagar tampoco” Como abrojitos pegados, sus cosas vegetan en un extremo.
Las calles en la zona de la terminal, que no pertenecen a nadie y a todos a la vez, se estiran como moluscos hacia alguna parte que no sabemos, completadas con transeúntes cabizbajos, apurados o hablando solos.

Las hileras de la gente en la antesala de lo que espera poder hacer, las colas de lo público chamuscándose al sol, disolviéndose sobre la pared o la vereda, igual que estampitas de sombra sin contorno. Trámites y más trámites.
También están los que insisten en vender medias y soquetes, muy pegados a los que gritan “cambio, cambio, dólares, euros” Productos distintos mezclados tiernamente en la olla del cambalache cotidiano.
Un violín que suena en la peatonal limpia un poco el aire, el músico en silla de ruedas, la gente se detiene a escucharlo y lo filma, pone dinero en la funda del instrumento. Somos buenos por un rato.
Insisten los vendedores de praliné, sudando sobre la llama que cocina el azúcar. Tal vez me parece a mí, no tienen buena cara.
Un portal de iglesia abierto para los arrepentidos y siempre cobijo de los que piden “ayuda” en el medio del universo que no los ha tenido en cuenta.
Y por ser noviembre están ellos también, crujiendo de blanco y verde. Jazmines se venden, jazmines perfuman, jazmines para borrar la mishiadura.
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