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La memoria siempre

Todavía cantamos


Este que se ve en la foto es otro yo distinto de este yo que escribe. Es el que tenía 21 años cuando era 1976, y hacía 20 días se había formalizado el golpe de Estado. Al fondo se ve el decorado que todavía alberga a San Martín de los Andes, y los yuyos de la foto son los que todavía crecen en el Regimiento 4 Coraceros General Lavalle.


A ese otro yo lo habían incorporado a la inexorable colimba 20 días antes del 24 de marzo, diez meses después de dejar la Universidad de La Plata, cuando los aires golpistas ya se adivinaban en la conjura político-militar de la Argentina.


Ese otro yo sonríe apenas, como la Gioconda en el Louvre. Es una sonrisa de leve esperanza, cuando se adivinaba el crecimiento del horror. La esperanza era por los tiempos que vendrían, pues si venían tiempos, quería decir que todavía habría vida. Sonríe pese a tener fresca la sangre de sus compañeros, y amenazada la propia.

Seguiría sonriendo después, cuando un capitán ignoto le apoyara una pistola en la cabeza, y lo dejara ir, por no querer o no poder, entre el llanto de borracho culposo, entre mocos verdes y militares. Y cuando la policía lo fuera a buscar a su casa, ya dado de baja sin honores ni certificados especiales, y cuando mamá y papá le acercaran un colchón al calabozo, y cuando el cabo de la comisaría le avisara que lo llevarían a la cárcel.


Sonreía todavía al cabo de una semana de paredes frías, un viaje esposado, una liberación bajo custodia, un milagro en medio de la desesperanza. Y seguiría sonriendo después, con esa sonrisa leve de esperanza, pugnando por tener un trabajo, durmiendo mientras esperaba el ruido de una puerta o una ventana rota, mientras alrededor se vivía y disfrutaba y se sufría en distintos niveles de una increíble realidad de varias dimensiones paralelas.


Sigo sonriendo todavía, con una calma distinta, con una esperanza diferente, después de tantos torturados, después de tantos muertos, pensando en los tiempos que vienen, en la evidencia de que la vida sigue, en la certeza de que el pueblo triunfa, cuarenta y cinco años después sigo con esa media sonrisa de la foto, pues nadie ha logrado quitarme esa ventana, abierta al aire refrescante del mañana, de lo que todavía no ha sucedido.


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